Archivos para octubre, 2009

El cumpleaños numero 28-2 del arbol

Oh, Señor, hazme un instrumento de Tu Paz .
Donde hay odio, permíteme sembrar Amor.
D
onde haya herida, Perdón.
D
onde haya discordia, Unión.
D
onde haya duda, Fe.
Donde haya desesperación, Esperanza.
D
onde haya tinieblas, que lleve yo la Luz.

Oh, Divino Maestro, haced que yo no busque tanto ser consolado, sino consolar;
ser comprendido, sino comprender;
ser amado, como amar.

Porque es:
Dando, que se recibe;
Perdonando, que se es perdonado;
Muriendo, que se resucita a la
Vida Eterna.

Quisiera hoy el día en el que hace 28 años nació un árbol maravilloso citar las palabras de San Francisco de Asís, en cada uno de mis cumpleaños me repito esta oración, que lleva consigo el espíritu de un Santo que procuro amar cada criatura del mundo, que vivió contento en la pobreza y sirviendo a los que le rodeaban, lo mas importante es que vivió contento con la voluntad de Dios y su llamado.

Este amor y esta alegría solo vienen de Dios, creo que nunca un ser humano alcanza a sentirse dueño de estos dos “sentimientos” y mucho menos a donarlos, como solo Dios puede hacer y más que nada quiere hacer.

Todo lo antes dicho es para pedirle a Dios y desear con todo mi corazón que Dios dueño del amor y alegría verdaderos y perdurables le permita sembrar amor, es decir, como dice San Francisco de Asís ser un instrumento de paz que lleve esperanza, unión, perdón y luz al mundo.

En este nuevo año juntos, 2 años llevamos ya, que Dios nos conceda todos los días ser servidores y portadores de todos estos dones y de Su buena noticia.

Que Dios te bendiga y te cuide.

Te amo

Muchos besos

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El “Matrix progre” según Juan Manuel de Prada

Me encantan las historias de gente que demuestra con su vida que entrar o regresar al cristianismo no es una mutilación, un trauma o una pérdida. Exactamente que es? Es TODO lo contrario… Este es un artículo del converso español Juan Manuel de Prada, publicado en el Osservatore Romano el pasado marzo… Muy interesante.

Matrix

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La matriz progresista de la nueva tiranía

por Juan Manuel de Prada

“¿Y cómo se puede hablar de ‘nueva tiranía’, cuando nunca antes los hombres habían disfrutado de tantísima libertad y tantísimos derechos?”, podría preguntarse un lector desavisado. Las tiranías clásicas se distinguían, en efecto, por reprimir la libertad y negar los derechos; y los hombres tenían conciencia de tal usurpación, porque, despojados de algo que les pertenecía por naturaleza, se sentían rebajados. Mientras que esta nueva tiranía a la que nos referimos ha exaltado al hombre hasta la adoración, brindándole la oportunidad de convertir sus intereses y apetencias en libertades y derechos, que ya no son inherentes a su propia naturaleza, sino “concesiones graciosas” de un poder que las consagra legalmente. Y así, convertido en un chiquilín que contempla cómo sus caprichos son encumbrados y satisfechos, el hombre de nuestro tiempo es más rehén que nunca de esas instancias de poder que le garantizan el disfrute de una libertad omnímoda y unos derechos en continua expansión. Al menos, al hombre sometido a las tiranías clásicas le quedaba el consuelo de saberse oprimido por un poder que violentaba su naturaleza; en cambio, el hombre sometido a esta nueva tiranía no tiene más consuelo que la protección del poder que lo ha encumbrado a un altar de adoración.

Y así, el hombre encumbrado al altar de la adoración se ha convertido, sin darse cuenta siquiera, en un instrumento en manos de ese poder que lo cuida con minucioso esmero, como las hormigas cuidan a los pulgones que luego ordeñan. Y a cambio de esas “concesiones graciosas” que el poder le dispensa, el hombre acata la visión hegemónica del mundo que el poder le impone, convirtiéndolo en carne de ingeniería social. A esta visión hegemónica – que no es en realidad sino un espejismo, una gran ilusión o trampantojo que los hombres aceptan gregariamente – la hemos denominado aquí “Mátrix progre”. Quien se atreve a poner en entredicho tal trampantojo es de inmediato anatemizado, como un réprobo o un blasfemo; esto es, como un enemigo de la adoración del hombre. Este Mátrix progre, que la izquierda ha pergeñado, ha sido asimilado también por la derecha, que ha renunciado a presentar batalla a su adversario allá donde esta batalla resultaría eficaz e ilusionante, esto es, en el ámbito de los principios; y, en su claudicación, se limita a introducir variantes nimias en el funcionamiento de esa gran máquina que es el Mátrix progre, sin atreverse a inutilizar sus engranajes. Lo que es tanto como arar sin bueyes.

El Mátrix progre se ha convertido así en una suerte de fe mesiánica: ha instaurado un nuevo orden, ha impuesto paradigmas culturales inatacables, ha establecido una nueva antropología que, prometiendo al hombre la liberación final, sólo le reserva su futuro suicidio. Y, contra este nuevo orden cuasirreligioso, sólo se alza el orden religioso, que restituye al hombre su verdadera naturaleza y le propone una visión cabal del mundo que ataca los cimientos del trampantojo sobre los que se asienta la nueva tiranía, disolviendo sus falsificaciones. Una visión que la nueva tiranía combate con denuedo; pues, en efecto, ese orden religioso es la única fortaleza que le resta por debelar, para que su triunfo sea completo. El laicismo rampante acusa a la Iglesia de inmiscuirse en la política, aduciendo aquella sentencia evangélica que suelen enarbolar quienes nunca leen el Evangelio: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Pero, ¿qué es lo propio del César? Las cosas temporales, las realidades terrenas; pero no, desde luego, los principios de orden moral que surgen de la misma naturaleza humana, no los fundamentos éticos del orden temporal. La nueva tiranía, tan celosa de expandir las “libertades” de sus súbditos, niega en cambio a la Iglesia la libertad de enjuiciar la moralidad de sus actuaciones temporales, pues sabe que tal juicio incorpora una radical subversión del trampantojo sobre el que se asienta la nueva tiranía. Anhela una iglesia farisaica y corrompida que renuncie a restituir al hombre su verdadera naturaleza y acate el “misterio de iniquidad”, que es la adoración del hombre; anhela, en fin, una iglesia puesta de rodillas ante el César, convertida en esa “gran ramera que fornica con los reyes de la tierra” de la que nos habla el Apocalipsis.

Y ésta es la gran batalla que hoy se libra en Occidente, disfrazada muy hábilmente de “batalla ideológica” por la nueva tiranía. Pero si en verdad fuera una “batalla ideológica”, la nueva tiranía no la contemplaría como una subversión; pues la ideología es precisamente el caldo de cultivo que favorece su dominio, instaurando una “demogresca” que convierte a los hombres en chiquilines emberrinchados que pugnan por sus “libertades” y “derechos “, como los constructores de Babel pugnaban, en medio de la confusión, por erigir una torre que alcanzase el cielo. La batalla que hoy se libra no es de índole ideológica, sino antropológica, pues lo que procura es restituir a los hombres su verdadera naturaleza, permitiéndoles salirse de la confusión babélica fomentada por la ideología, hasta alcanzar el camino que conduce a los principios originarios. Si se ganase – si el Mátrix fuese desactivado –, los hombres descubrirían que no necesitan construir torres que alcancen el cielo, por la sencilla razón de que el cielo ya está dentro de ellos, aunque la nueva tiranía haya tratado de arrebatárselo.

Los artículos que se recogen en este volumen son partes de esa batalla, emitidos desde la tribunas que benévolamente me conceden, desde hace ya más trece años, el diario “ABC” y la revista “XL Semanal”, o desde las tribunas recién estrenadas de “L’Osservatore Romano”, “Capital” y “Padres y colegios”. Comprobará el lector curioso que en estos “partes de batalla” conviven la diatriba y la introspección, la invectiva y la elegía, la reflexión de índole política y la divagación artística; hallará incluso una selección de crónicas escritas en una primavera romana que cambió el curso de mi vida, pues fue entonces – en los días que siguieron a la muerte de Juan Pablo II – cuando definitivamente me adherí a la “vieja libertad” que es el antídoto contra todas las tiranías que en el mundo han sido. En una época de incertidumbres que dejan al hombre extraviado en un océano de zozobras, Roma se erigió ante mí, de repente, como una roca de salvación: no me refiero tan sólo a una salvación de índole religiosa, sino también cultural, pues para mí la fe de Roma es una fortaleza que explica nuestra genealogía espiritual y nos defiende contra la intemperie a la que quisiera arrojarnos la nueva tiranía. Renegar de esa inabarcable posesión equivale a firmar un acta de defunción social; asumirla como propia no constituye un acto de sometimiento, sino de orgullosa y alegre libertad.

La revolución eterna del cristianismo consiste en descubrirnos el sentido de la vida, restituyéndonos nuestra naturaleza; de ese descubrimiento surge un júbilo sin fecha de caducidad. Cuando a ese júbilo se añade una mínima sensibilidad artística, la vida se convierte en una fiesta de la inteligencia. Escribía Chesterton que la alegría, que es la pequeña publicidad del pagano, se convertía en el gigantesco secreto del cristiano. Yo, que soy un cristiano algo impúdico, he tratado de hacer público en estos artículos, siquiera mediante vislumbres, ese secreto gigantesco que me invade y desborda.

Madrid, marzo de 2009.

fuente

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La congiura dei piccoli dei

salvador_dali_thetemptation_stanthonySi fa presto a dire “uomini liberi” o “libertà”. Sai che cosa ho pensato ultimamente? Che non esistono questi cosiddetti “liberi”… o almeno è difficilissimo trovarli. Erroneamente si è cercato di fare una classificazione delle persone, dividendole grosso modo in due tipi. Da una parte ci sono quelli che aderiscono ad una qualche fede e dall’altra, i liberi. I credenti (clericali, bigotti, ecc) e i non-credenti. O quella più sbagliata che divide l’umanità in “religiosi” e “laici”. Certo, gli uomini liberi appartengono al secondo gruppo, sempre. Bene, a me questo non risulta molto. Difatti, (e quasi ricorrendo ad un vocabolario) se “bigotto” è colui che aderisce a un complesso di principi preconcetti in modo cieco, senza ammettere un minimo ripensamento critico, e se “clericale” è colui che si dà da fare all’interno di un gruppo di persone che difende con tutti i mezzi lo status (ed eventualmente i privilegi) dei bigotti di cui sopra, mi risulta che i “bigotti-clericali” stanno da tutte e due le parti. Senza eccezione. Siamo tutti schiavi, potenziali bigotti. Tante volte siamo (me compreso) dei devoti a piccoli dèi, ci costruiamo degli idoletti ai quali consacriamo le nostre vite.

Funziona più o meno così. Prendiamo uno a caso, un ragazzetto che a fine liceo è convinto che deve cambiare il mondo o costruirne uno nuovo; uno molto sinistroide. Lui odia la Chiesa perché è una vera multinazionale, vede complotti della Cia e degli americani dietro ogni minima azione, crede che odiare i ricchi equivalga inequivocabilmente ad amare i poveri, ecc. Bene, lui è un fideista, un religioso in fondo. Perché? Lui accende le candeline ai suoi piccoli dèi (le utopie) celebrando solennemente nella sua chiesetta secolare (il centro sociale, per esempio) tutti i riti dovuti, al tempo dovuto. Lui è pieno di dogmi e ha comandamenti tipo Non comprerai mai una Coca-Cola (Nike, McDonald’s, ecc), non ascolterai mai musica commerciale, non ti avvicinerai mai a qualsiasi cosa che sospetti sia “dei fasci”, odierai gli americani (vero Maligno), odierai le guardie, ecc… Lui cercherà di essere fedele a questi comandamenti, caso contrario si sentirà un traditore. Lui offre tutto se stesso, sperando che questo gli riempia la vita. Peccato che con queste aspettative (quante delusioni avrà) lui finirà per odiare tutto, tutto gli farà sempre schifo. Perché lui vuole che il mondo cambi, e non succede mai… Anzi, pretende che tutti cambino, caso contrario come può realizzarsi quello che il suo piccolo dio promette? E invece niente, la gente è stupida, non cambia. Progredire, per lui, è sbarazzarsi al più presto della realtà data, in nome dell’utopia. “Tutto ciò che esiste – scriveva il giovane Marx – merita di essere distrutto”, perché nulla soddisfa e nulla è degno di essere come è.

Molte di queste religioni laiche sono proprio discendenti di Marx. Ma il marxismo, maestra fra le vie verso la redenzione storica, atea e materialistica, è fallito, smentito da quella storia stessa che pretendeva di conoscere per certo nella sua razionalità. E restano ora soltanto i sentieri minori – un ateismo meno superbo, un materialismo più soft, ecc. Sentieri che esigono da chi li percorra silenzio, ubbidienza e conformismo, poiché debbono occultare la loro incapacità di condurre in alcun dove.

Il nostro caro amico ci crede ancora nel paradiso in terra, anche se Robespierre e Lenin ce lo avevano promesso tanto tempo fa, e non sono stati in grado di darcelo. Invece c’è da dire che il deserto umano prodotto dalle crudeli ideologie moderne (e anche quelle del 68’), hanno lasciato sulla scena solo relitti (vedi l’Asia e quello che si fa in Cina) e spompati cinquantenni che rosicano dai giornali (vedi l’Italia!).

Prendiamo un’altro tipo di persona. Uno che si fa i cazzi suoi. Questo pensa che la sua vita verrà dal dio denaro. Obiettivo della sua vita: fare soldi. Lui è membro di un consiglio di amministrazione di una grande azienda o è un piccolo disoccupato della periferia di Quito. Non fa differenza. Che devo fare per avere soldi? recita nelle sue preghiere al suo dio, e questo gli dice: trovami, senza di me non sei nessuno. E questo povero devoto si passa la vita rincorrendo questo dio, prostrandosi a qualsiasi sua voglia, basta averlo. E così suddito, che lavora 500 ore a settimana o ruba, distrugge la sua famiglia, distrugge la sua salute, tradisce gli amici. Mentre più soldi ha, più ansie gli vengono, vede in tutti potenziali ladri, mette allarme alla casa, alla macchina, assicurazioni di qua e la, telecamere… non si fida di nessuno, tutti lo vogliono fregare. Inizia a pensare persino a coprirsi le spalle dai familiari, volessero l’eredità… Se invece è quell’altro tipo, quello di Quito, sentendo di capire come gira il mondo ($) decide di consacrarsi al suo idoletto abbracciando la delinquenza, la mafia, la malavita, se necessario. Il denaro attira tanto, non perché valga di per sé qualcosa, ma perché lui consegna potere. Il denaro è un mezzo che ti apre mondi, possibilità. Più ne hai, più capacità di scegliere hai. Scegli tra la vacanza lontana, lo yacht, la Ferrari, un paio di tette come si deve, la villa sul lago, l’opportunità di avere sudditi o addirittura scegli di essere “buono” facendo un sacco di beneficenza (tanto i soldi ce li hai), ecc… Il denaro (mentre c’è) ti fa sentire dio. Quando finisce però, sei uno qualunque… ossia nessuno.

Ecco, abbiamo visto come alcuni pensano che i problemi del mondo siano dovuti al sistema (è tutto colpa del sistema!, gridano), e quindi si vuole rincorrere una ideologia per smussare questa realtà troppo spigolosa e difficile. Altri si fanno meno problemi e pensano bene di soddisfare solo se stessi. Il prezzo: voti perpetui al circuito denaro-potere.

Ci sono poi i devoti della Scienza, i chierici dello scientismo, i fedeli custodi della dea Ragione e del totem del Progresso. Un clero forte, (quasi) compatto, che con i loro atteggiamenti rinnegano persino quello che dovrebbe essere il loro fondamento (lo spirito critico) e finiscono anch’essi per creare soltanto una nuova serie di dogmi. Dogmi moderni, se vuoi.

Ci sono anche persone che hanno dèi minori, mica tutti pretendono tanto dalla vita. C’è chi ha per dio suo fidanzato, o sua madre, o quel grande e carissimo amico, tanto per farne degli esempi. E funziona sempre allo stesso modo; gli si attribuisce le caratteristiche di un dio e si chiede l’Eterno a un mortale. Si fa di tutto per tenerseli cari, si sta bene con loro. Però dato che non sono dèi e sono soltanto come me e come te, prima o poi deludono. Il fidanzato non soddisfa più, la madre invecchia, l’amica sparisce e ti abbandona…

Tutti dèi usa e getta, intercambiabili a tempi alterni… ma deludono.. neanche il dio-Io sembra funzionare… a questo punto meglio non credere a niente… è meglio il nulla? Se è così, arriva il dio nichilismo ed esultante proclama: avanti, prego!, c’è posto per tutti…

Chi ha pensato di far coincidere per forza la libertà dell’uomo con l’annullamento di Dio (quello con maiuscola), ha soltanto sbagliato. La perdita o riduzione della fede in un Dio non porta a un vuoto di credenza, ma

a credere a qualcosa d’altro. Ai livelli minori di istruzione questo qualcosa d’altro è l’astrologia, lo stregone, il guaritore, in generale la fortuna.

Gli uomini schiavi ci sono come vedi, da tutte le parti. I piccoli dèi insidiano tutti (a cominciare da me), cristiano, ateo o musulmano che sia.

Le religioni sono un tentativo (imperfetto) dell’uomo di innalzarsi al Cielo, (tentativo con molti errori ed aberrazioni). Nel cristianesimo, se guardiamo alla storia, si parla invece di un movimento inverso, dall’alto verso il basso, è Dio stesso che scende sulla terra e spazza via gli dèi. Mi viene in mente lo sferzante Moni Ovadia, che parla di quella misteriosa comparsa, cioè “la scoperta che il monoteismo è la possibilità di essere tutti eguali e liberi di fronte a un unico Dio, e che combattere gli idoli vuol dire scegliere di mettersi in cammino. Un cammino di liberazione, contro tutti i fondamentalismi del mondo”.

Perché azzardo a dire che il Dio dei cristiani sbarazza tutti i piccoli dèi? Guardiamo un po’ quell’epoca. C’erano in giro degli dèi locali, che dovevano fare gli affari dei loro devoti; il Dio cristiano si presenta come Universale, non si schifa della razza o del gruppo al quale appartieni, lui è accessibile a tutti. Primo Dio sulla faccia della terra che introduca il concetto di uguaglianza fra tutti gli uomini (come diceva Ovadia).

Primo Dio che dà tantissimo valore alla vita umana, anzi, la vita diventa sacra. Infatti è l’unico Dio che è capace di farsi uccidere anche per il più piccolo dei suoi figli… ogni uomo vale quanto Lui. Con l’introduzione del cristianesimo finiscono poco a poco i sacrifici umani rituali, gli dèi assettati di sangue non hanno più senso… non c’è bisogno di “capri espiatori” da immolare per cercare di fermare il circolo di violenza al quale l’uomo si sente legato. C’è stato un Sommo Capro espiatorio che ha azzerato tutti i conti…

A proposito di figli, come dicevo prima. Nel cristianesimo (insieme all’ebraismo) Dio riconosce la sua paternità, si “prende le sue responsabilità” e si fa chiamare Padre. Ecco perché diventa possibile chiamarsi fratelli, avendo lo stesso Padre… Prima di allora non c’era mai stato un rapporto filiale Dio-uomo del genere in nessun altro sistema religioso.

Tutte le religioni e le superstizioni si fondavano sulla sacralizzazione della Natura (la forma del cosmo). Dèi che abitano sull’Olimpo, su una montagna x, in un albero, nel sole, in una mucca, ecc. Il Dio con maiuscola dice di essere Onnipresente e anzi, più grande della natura stessa. Allora gli rivela lentamente che il Sole e la Luna non sono sacre e che quindi le leggi del Cosmo sono conoscibili e sottoposte al dominio dell’uomo, spalancando a quest’ultimo la ricerca razionale per capire le leggi dell’universo.

Racconta anche questo Dio, di essere terribilmente geloso. Tanto, da non poter sopportare nessuno che pretenda sostituirlo, che si senta padrone delle cose e degli uomini aspirando la divinizzazione. Dice di essere l’Unico, e che così basta e avanza. Infatti chi nella storia si è sentito “divino” o “dio” a suo modo, volendo prendere il Suo posto, ha fatto soltanto delle cagate (e poteva essere un re, un faraone, un dittatore, un Papa, uno scienziato moderno, chiunque). Tutte cagate documentate. Nessun assetto politico può pretendere la perfezione e l’intoccabilità, non è divino. Insomma, un Dio molto diverso da quelli che si conoscevano, infatti per gli antichi romani, i cristiani erano atei.

Per dire tutto quello che ho detto fino adesso non bisogna avere una certa “fede”, basterebbe essere uno storico onesto, senza pregiudizi ideologici. Il cristianesimo ha introdotto tutte queste cose nella storia umana, e anche se non le si accetta come verità, è innegabile che sul piano del pensiero e della cultura non esistevano prima. Adesso invece ti parlerò in prima persona, come credente.

Io accolgo questo Dio che mi offre una vita diversa, che mi parla di liberazione e dice che spazzerà tutti quei piccoli dèi bugiardi che mi circondano… credo in fondo che l’ateismo è una forzatura. Non c’è alternativa tra fede e ateismo, ma tra fede e idolatria, perché ogni uomo, per il semplice fatto che vive, afferma ogni istante un qualche assoluto. Idolatria (la stessa radice di ideologia) è un dio costruito con le proprie mani, un dio che non mantiene mai le promesse, un dio con minuscola. Un dio insomma che non è capace di rispondere al desiderio infinito e indefinito del quale ogni uomo è fatto. Se gratti l’uomo contemporaneo, moderno, post-moderno o quello che ti pare trovi sotto la corteccia sempre e comunque un uomo religioso. Devoto a dèi sempre nuovi e diversi, qualcuno sempre c’è.

Succede invece che il cristianesimo è un fatto. E’ l’avvenimento di Dio che si è fatto uomo o almeno di un uomo che si è detto Dio. Un fatto. Il cristianesimo è un uomo che si è detto Dio… e parte tutto da lì, non da una teoria, da una morale o da un insegnamento. Allora il nazareno fu un uomo affascinante, umanamente straordinario che ha avanzato una pretesa inaudita. E che ha sconvolto la Storia. Poi c’è l’avventura di chi vuol verificare se è vera quella pretesa, una sfida che si può vivere attraverso un’esperienza.

Non è interessante che su di Lui si siano scritti più di sessanta mila volumi? E non è ancora più interessante che (anche a mia sorpresa) la maggior parte di questi studi su di Lui siano stati scritti da non-credenti? Il cristianesimo è stato vagliato dal XVII secolo dagli illuministi, dai liberali, poi dai marxisti, tutti quanti. Hanno pesato, misurato e sviscerato ogni cosa si riferisse a Lui. E anche chi cerca di affermare che si tratta di un mito o soltanto di un grande uomo, finisce per accettare che resta un mistero, un mistero che sfugge dagli schemi. Nessuna altra religione è stata così messa “alla prova”. E tutta la fatica di questi studi dimostrano forse che i ricercatori pensano che “in fondo in fondo” (dopo 60.000 volumi!) “c’è qualcosa di inafferrabile che non si riesce a spiegare”. Forse ci vuole meno fatica e meno studi per riuscire a dimostrare l’inesistenza di un dio con la testa d’elefante e otto braccia, che ne dici?

Per questo mi auguro che la Chiesa non privi mai il mondo dell’annuncio cristiano (messaggio che custodisce ma che la supera) per degenerare in club umanistico, solidaristico o di “valori”. Commentava anche l’agnostico Leonardo Sciascia: “senza annuncio chiaro e centrale della Trascendenza, della Resurrezione” diceva “la Chiesa diventa un club umanitario, un sindacato, un circolo di specialisti in etica, ma non un messaggio che appaghi i bisogni profondi del cuore umano”.

Voglio credere anche in quella follia del “ama il tuo nemico”, sperimentando che è possibile, e sopratutto, che mi serve. Che è possibile anche per me partecipare di questo Amore eterno che davvero non ha confini, che ama sempre e comunque. E che è il segreto di Dio. Entrare nel profondo del mistero dell’incarnazione significa entrare in intimità con quel Dio che ha scelto la croce, la regalità capovolta, con quel trono fatto di un legno incrociato. Così che anch’io viva le mie croci come un mistero la cui fine non è la morte, il buio o il nulla…

Molti dei cristiani nella storia e che attualmente sono in giro, hanno fatto vedere al mondo un’immagine distorta del cristianesimo (chissà quante volte anch’io lo faccio). O forse semplicemente non erano affatto cristiani. Non so come faccia Dio a sopportarlo, ma credo che lo fa dato che sopporta anche le cazzate che faccio io. Per questo il cristiano è colui che cammina, non può esserci uno che si senta “arrivato” o “a posto”. La sua vita è un viaggio. Ed è anche un meraviglioso combattimento quotidiano, scommettendo di essere di volta in volta appesi alla fragilità della Sua grazia. Perché la fede è delicata e fragile, non è mica una roccia ottusa che ti comprime il cervello impedendoti di fare chissà quante cose.

Finisco con una frase che una volta dicesti tu quando parlammo dell’argomento. “Nessuno uguale a me, come te o come un’altro, può spiegarmi il senso delle cose e della vita. Infatti non me lo chiedo, non lo so e non lo posso sapere. Dovrebbe venire un’altro a dirmelo”. Infatti, anch’io penso lo stesso. Deve venire un’Altro.

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